En la República Dominicana, mientras el Estado destaca un aumento de más de un 300% en la inversión en salud mental y un presupuesto que supera los RD$150,968 millones en el sector salud para 2025, la realidad en las calles cuenta otra historia: personas en condiciones de extrema vulnerabilidad continúan viviendo a la intemperie sin una intervención clara ni sostenida.
Debajo de elevados, en avenidas concurridas, en el Malecón y en distintos sectores del Gran Santo Domingo, es cada vez más común observar a hombres y mujeres deambulando o permaneciendo por días y semanas en espacios públicos, muchos con signos evidentes de deterioro físico y trastornos conductuales. Lejos de ser casos aislados, esta situación se ha convertido en una imagen recurrente del paisaje urbano.
El sistema de atención en salud mental, liderado por el Ministerio de Salud Pública y ejecutado por el Servicio Nacional de Salud, cuenta con más de mil especialistas entre psicólogos y psiquiatras, además de 16 Unidades de Intervención en Crisis y centros como el Hospital Padre Billini y el RESIDE. También dispone de herramientas como la línea *462, diseñada para reportar casos en la vía pública.
Sin embargo, la permanencia prolongada de estas personas en las calles genera serias dudas sobre la efectividad real de estos protocolos en la práctica. Aunque entre enero y septiembre de 2025 se registraron más de 247 mil consultas en salud mental y programas como Salud Escolar cuentan con inversiones superiores a RD$588 millones, no existen datos públicos detallados que permitan medir el impacto directo de estas acciones en la población más vulnerable.
El Plan Estratégico de Salud Mental 2026–2030 reconoce que las personas sin hogar ni apoyo familiar son una prioridad, proponiendo un modelo de atención comunitaria y la ampliación de centros de rehabilitación. No obstante, el documento no establece mecanismos claros para intervenir directamente en las calles ni para dar seguimiento continuo a estos casos.
Salud mental y física: una relación inseparable
Especialistas advierten que la salud mental y la salud física están estrechamente conectadas, influyéndose mutuamente. Problemas físicos pueden desencadenar ansiedad o depresión, mientras que los trastornos mentales pueden agravar enfermedades corporales.
La Organización Mundial de la Salud señala que más de mil millones de personas en el mundo padecen algún trastorno mental, y define la salud como un estado integral de bienestar físico, mental y social, no solo la ausencia de enfermedades.
En el marco del Día Mundial de la Salud, conmemorado cada 7 de abril, expertos insisten en la necesidad de integrar la atención de la salud mental dentro del sistema general de salud, como parte de un enfoque más completo y efectivo.
Investigaciones científicas han demostrado que personas con trastornos mentales tienen mayor riesgo de padecer enfermedades crónicas, como diabetes, hipertensión o afecciones cardiovasculares. Así lo explica la doctora Patricia Argueta, quien destaca que abordar ambas dimensiones de forma conjunta puede mejorar significativamente la calidad de vida de los pacientes.
Estudios publicados en The Lancet también advierten sobre una mayor incidencia de enfermedades físicas en personas con trastornos mentales, así como un aumento en la mortalidad. De hecho, se estima que las personas con enfermedades mentales graves pueden morir entre 10 y 20 años antes que el resto de la población, en muchos casos por condiciones prevenibles.
Un desafío regional y una tarea pendiente
En América Latina y el Caribe, se calcula que una de cada cuatro personas experimentará un trastorno mental a lo largo de su vida, siendo la ansiedad y la depresión las más comunes. Este panorama representa un gran reto para los sistemas de salud, que deben garantizar acceso, atención oportuna y seguimiento continuo, especialmente en los sectores más vulnerables.
Los expertos coinciden en que es fundamental fortalecer la atención primaria, aumentar la cobertura y educar a la población para identificar señales de alerta como ansiedad constante, insomnio, palpitaciones, temblores o fatiga extrema, síntomas que no deben ser ignorados.
Mientras tanto, la realidad sigue golpeando en las calles: un sistema que avanza en inversión, pero que aún enfrenta grandes desafíos para llegar a quienes más lo necesitan.